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Las fauces de la tierra


©/2 Antonio Miguel Nogués Pedregal (2017)
Publicado en Diario Información, martes 26 de junio de 2018

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Edvard Munch (1863-1944) | El Grito (Skirk) 1893 | Fotografía propia

 

He estado varios meses fuera de Espa√Īa. Cuatro para ser m√°s exactos. No obstante, por culpa de las tecnolog√≠as de la informaci√≥n y la comunicaci√≥n, he estado bastante al d√≠a de lo que ocurre en mi pa√≠s. Resulta dif√≠cil desconectar. Si bien es cierto que la distancia que imponen otras rutinas y otros ritmos, te hace tomar perspectiva sobre lo que los peri√≥dicos y las redes sociales dicen que ocurre. Adem√°s, tomas m√°s distancia si como a m√≠, los a√Īos te hacen menos propenso a obcecarte en la verdad.

En uno de los países que he recorrido, tuve la ocasión de visitar una antigua mina de carbón. Cerró en 1994. Algunos mineros se reciclaron, otros emigraron a la capital, aunque la mayoría se pre-jubiló. Sin embargo, cuando se encuentran, todavía se saludan diciendo lo mismo: buena suerte. Es una costumbre de la mina. Los accidentes siempre han formado parte de su día a día y era más importante desearse suerte que dar los buenos días.

El pueblo donde se encuentra la mina apenas ofrece hoy alternativas socio-econ√≥micas. Aunque a los mineros lo que les preocupa es que el tiempo borre el recuerdo de la mina y lo mucho que sufrieron en sus entra√Īas. Quieren crear un museo de la mina para mostrarles a las nuevas generaciones c√≥mo era su vida y tambi√©n, por qu√© no, atraer algunos turistas. No quieren que su sufrimiento caiga en el olvido. Por eso estaban interesados en conocer mi opini√≥n. Por eso nos invitaron a un colega especialista en museograf√≠a y a m√≠. Nos hospedamos tres d√≠as en un hotelito al que se acced√≠a por una carretera de monta√Īa no apta para conductores noveles.

Visitar esta mina ha sido una de las experiencias m√°s enriquecedoras que he tenido. Desde que cambias tus zapatos por unas botas de agua y unas manos expertas ajustan un casco a tu cabeza, sientes que detr√°s lo dejas casi todo. Abren la vieja verja y sus goznes chirr√≠an arrancando tus pensamientos m√°s √≠ntimos. La entrada a la mina es una boca que te traga. La oscuridad se adue√Īa de todo en un par de metros, la linterna de tu caso apenas ilumina tus pasos y los ocho grados de temperatura te abrazan la garganta. Entonces sientes cu√°nto pesa la soledad. Vamos en fila india y en silencio. Solo se escuchan los pasos sobre la tierra. Pum, pum. Pum, pum. Las botas hollan la tierra y las paredes absorben toda la luz que tu peque√Īa linterna pueda escupirles. Tus pies notan que la tierra ya no suena. En este tramo de la galer√≠a hay unos veinte cent√≠metros de agua y las botas chapotean. Plash, plash. Plash, plash. El viejo minero que nos acompa√Īa nos aconseja guiarnos por la v√≠a donde transitaban las vagonetas, para no caer en las cunetas donde la profundidad del agua alcanza los sesenta cent√≠metros. Nuestros pies tantean la v√≠a antes de fijar el paso. Hay filtraciones por todas partes y la calcita lleva decenios mostrando el poder del tiempo. La herrumbre carcome las viejas vagonetas y alguna que otra herramienta que qued√≥ son los pocos testigos de nuestro silencio. Caminar en silencio una oscura galer√≠a de tres kil√≥metros da para mucha reflexi√≥n. El viejo minero apenas var√≠a el ritmo de su zancada. Solo veo la luz y oigo sus pasos que intento acompasar de manera infructuosa.

Al llegar a un recodo la luz del minero se detiene. Re√ļne a la peque√Īa expedici√≥n y nos explica que hemos llegado a la chimenea. Tenemos que ascender. Solo 100 metros. Solo 30 escaleras de mano. Solo una persona en cada tramo. Cada escalera une dos escas√≠simas plataformas de un suelo de andamio a las que subes solo. La linterna del casco apenas alumbra tus manos, mientras el barro de las botas del compa√Īero que acaba de subir te recuerda que est√°s en el centro de la tierra. La mano se aferra a un chorreado y mohoso asidero de hierro clavado en la pared que sirve de agarradera en el √ļltimo escal√≥n. El sudor fr√≠o de la humedad te empapa. Las filtraciones de la pared chorrean tu espalda porque la estrechez de la plataforma apenas te permite andar de lado. Cuando llegas a la siguiente plataforma tu compa√Īero ya ha comenzado la ascensi√≥n del siguiente tramo y de nuevo est√°s solo. Solo oyes el silencio que provocan los pasos de los hombres que ara√Īaron los pelda√Īos de cada escalera. Eco de una chimenea h√ļmeda y fr√≠a y oscura.

Por fin siento el aire de la galer√≠a superior. Los √ļltimos cuatro tramos, me animan. Al llegar a la galer√≠a superior, veo que ninguna gota de sudor surca el rostro del viejo minero mientras nos re√ļne para indicarnos el camino a seguir.

Continuamos la marcha. Una fecha pintada en la pared indica el lugar exacto donde el grupo de investigadores encontr√≥ el primer muro que hab√≠a mantenido la galer√≠a cegada durante algo m√°s de setenta a√Īos. Quince cent√≠metros de hormig√≥n que dejaron su huella en la pared. Unos metros m√°s adelante, las huellas de otro muro. Apenas un par de metros m√°s y otro muro. As√≠, hasta siete. Alguien se hab√≠a esforzado mucho por cegar aquella galer√≠a e impedir que nadie llegase a alg√ļn lugar.

Al llegar a un recoveco, el viejo minero abri√≥ otra cancela. Esta era nueva y no chirri√≥. Entr√≥, se agach√≥, levant√≥ una trampilla como si fuera la bodega de un viejo mercante que hubiese surcado los siete mares y grit√≥ con la fuerza de su √≠ndice. Sin palabra alguna, pero con la contundencia de un de√≠ctico silencioso. Me asom√© y me retir√© sobrecogido. A los m√°s afortunados les pegaban un tiro y quiz√°s, llegaban muertos al fondo del pozo. Los otros eran arrastrados por la reata en la que iban atados por las mu√Īecas. Los asomaban a las fauces de la tierra en hilera de tres o cuatro hombres y mujeres, j√≥venes y mayores, y los lanzaban a un profundo e inmenso agujero.

Algunos segu√≠an vivos cuando las paladas de cal quisieron borrar el crimen. El viejo minero nos indic√≥ d√≥nde aparecieron los restos de un pobre desdichado. Nadie sabe c√≥mo consigui√≥ salir del pozo. Quiz√°s el pozo se colmat√≥ de cad√°veres. De nada le sirvi√≥. Muri√≥ asfixiado. O de fr√≠o. O de impotencia. Muri√≥ ara√Īando el s√©ptimo muro que los vencedores construyeron para mayor gloria de la nueva patria.

No s√© qu√© hicieron aquellos pobres desgraciados durante aquella guerra, ni me importa. Porque no importa qui√©n lleva la raz√≥n cuando la raz√≥n se pierde. El odio, la venganza y el empecinamiento en la verdad hab√≠an mantenido oculto tras siete gruesos muros el sue√Īo eterno de mil quinientas personas.

Los mineros quieren que un museo recuerde su sufrimiento. Mas una capilla en el exterior de la mina ahoga su sufrimiento con el de aquellos otros que siete muros no han cegado.

De vuelta a Espa√Īa sigo leyendo columnas de opini√≥n en los peri√≥dicos, escuchando a incendiarios en la radio, y en la televisi√≥n, y en los parlamentos estatal y auton√≥micos; sigo atendiendo a los comentarios de los lectores y coleccionando comentarios de incendiarios an√≥nimos en tuiter.

Poco a poco nos asomamos a las fauces de la tierra.


Martes, 26 de junio de 2018